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En la Palestina, Bizantina, del siglo VIII surgió otra orden mística: la orden de los solitarios o Kadosh. La palabra “solitarios” hace alusión a la experiencia de los famosos ermitaños de los albores del Cristianismo que se retiraron, renunciando ascéticamente a las ilusiones del mundo a los desiertos de la Tebaida del Sinaí, de Judea o de Siria. Kadosh es una palabra Hebrea que significa “vengadores” y que correspondía a una función espiritual en otra secta mística, los esenios de las riberas del Mar Muerto.
La doctrina del Amus se estableció en Jerusalén y enseñaba a sus adeptos una doctrina fuertemente impregnada de la gnosis alejandrina. Algunos de sus miembros hacían vida solitaria y otros consagraban gran parte de su tiempo a la acogida de peregrinos cristianos que venían a orar sobre la tumba de su salvador.
Hacia el año 800 un tal Arnaud, noble provenzal, efectuó un periplo en Tierra Santa y entró en contacto con los solitarios y a su regreso fundó en Toulouse, en el año 804 una orden a la que dio el nombre de Amus. Esta orden tuvo su desarrollo entre los siglos IX y XI, sobre todo en el condado de Toulouse. No era una Orden guerrera por lo que privilegiaba el estudio y la búsqueda de lo espiritual.
Esta Orden sirvió de enlace entre las tierras occitanas, la España morisca y Oriente en el ámbito de las ciencias como la Alquimia o la Medicina, estas eran unas ciencias que se las conocía con el nombre de “Sub-Rosa”.
Entre sus miembros se contaban el Papa Silvestre II, el Conde de Toulouse, Raymond de Saint Gilles, uno de los investigadores de la primera cruzada, Godefroy de Bouillón, el rey de Inglaterra, Enrique I Beauclerc y los nueve fundadores de la Orden del Temple. |