El pasado día 15 de enero de 2006, durante el oficio de la santa misa de 13'00, tuvo lugar en la Parroquia de San Bernardo de Sevilla (España) el nombramiento público del párroco de dicha Parroquia como capellán de la Orden del Temple.
Al acto asistimos un número limitado de hermanos de Andalucía, Fr. + Ignacio García-Diéguez y López (comendador de la Zona Sur de España), Fr. +Pascual Gómez-Coronado y Hurtado (Mariscal de Andalucía) y Fr. +Rafael Camacho y Barea (Canciller de Andalucía). Por parte de la Preceptoría de Cádiz, Fr. + Jesús Manuel Rodríguez y Mota (preceptor de Cádiz y vicecanciller de la SMOTH-GPIT) y los escuderos de la preceptoría, los hermanos Francisco Jesús Pinteño Rodríguez y Víctor Mariscal Rodríguez. Esto sucede a los pies de Nuestra Señora del Refugio, y bajo la atenta mirada de San Bernardo.
La iglesia se encontraba abarrotada, y no porque se hubiera publicitado el acto, sino porque generalmente asisten muchos fieles a oír misa parroquial a San Bernardo; pero esta vez, según me contara posteriormente don José, excedía con creces el número habitual, ya que había infinidad de personas en pie, llegando hasta la puerta de la iglesia. Hay que sumar a los familiares de los templarios, que asistían al acto con gran ilusión.
Tras una preciosa homilía, y antes del rito de la despedida, un breve silencio fue la señal para que los templarios surgieran de la sacristía en fila de a dos, con el Bausante a la cabeza, portado orgullosamente por los Escuderos. Hubimos de recorrer todo el pasillo lateral, recorriendo la iglesia en toda su longitud, para enfilar de frente el lugar donde nos esperaba el homenajeado, recorriendo de nuevo la iglesia en sentido contrario por su pasillo central.
Cada un de nosotros, incluidos los bravos escuderos, marcábamos el paso con la mirada fija en el fondo del pasillo, donde con su casulla verde, nos aguardaba, entre expectante y sorprendido por la marcialidad del desfile el más veterano de los templarios.
Una vez llegados a la base de la escalinata, ante el altar, los templarios se arrodillaron, santiguándose, subiendo los tres escalones de mármol y abriéndose en dos filas que flanquearon de a tres a don José, mientras al pie de la escalinata, los escuderos sostenían el Bausante.
Este comendador dio dos pasos adelante y en voz alta, solemne y pausadamente, recordando los ánimos e instrucciones que nuestro amado gran prior me había infundido, pronuncié sin dudar, el nombramiento que tanto todos habíamos estado esperando:
“¡¡¡Por orden del gran prior, en nombre de la Santísima Trinidad, y por la autoridad que me asiste como comendador de Andalucía, representa para mí un altísimo honor nombrar al párroco y arcipreste de San Bernardo y prelado de Su Santidad el Papa, don José Álvarez Allende, a quien nuestro Señor guarde muchos años, capellán de la orden!!!"
Era admirable ver las caras de los presentes. Mezcla de sorpresa, incredulidad y emoción; pero la máxima emoción la percibimos al girarnos hacia D. José para imponerle al cuello la cruz de ocho beatitudes. Sus sentimientos los percibíamos como nuestros. Se incrementaron con la imposición del manto templario, y una vez afianzado, se le entregó el brevet acreditativo de su nueva condición. A sus 94 años me pareció ver al niño que hacía su primera comunión, un niño que tras cincuenta y cinco años de párroco en San Bernardo, veía como las palabras se resistían a salir de su garganta. Un niño al que tan solo le hizo falta manifestar unas palabras de profundo agradecimiento, y a los que a aquellos que le conocemos un poquito no nos hubiera hecho falta oír, pues toda su dicha y emoción se reflejaba en su rostro.
Escoltándole hasta la sacristía, formamos a sus flancos, mientras recibía a algunos parroquianos que entraban a saludarle y felicitarle. Se fotografió con todos, incuso con el benjamín de la cantera de templarios gaditanos, el pequeño Jose, nieto de nuestro queridísimo preceptor de Cádiz, el León de Gadir.
Tras guardar con cuidado nuestros mantos, nos marchamos a celebrar el acontecimiento a la “Casa de Asturias” junto a nuestros familiares. Hay que recordar que fue en Asturias donde aquel a quien los moros infravaloraron por su escaso número de seguidores, don Pelayo, encomendándose a Nuestra Señora de Covadonga, fue gestando la reconquista de lo que terminaría siendo España.
El maitre se acercó a D. José, una vez sentados los dieciséis comensales le preguntó: “¿Lo de siempre, don José?” - “Pues sí”- contestó. Habría de ser sano y rico lo que don José comiera, por lo que fuimos muchos los que seguimos su ejemplo. Un chorizo picantón al champán, seguido de una fabada asturiana (las fabes son exquisitas alubias asturianas de tamaño extra) con todos sus avíos (chorizo, morcilla, tocino y lacón, que es magro del cerdo).
Primero se comen las fabes y después se mezclan los otros productos, dando como resultado un manjar con una energía que hace que los asturianos pasen aquellos fríos inviernos como si tal cosa. ¿Será por ello la belleza y elegancia que caracteriza a la mujer asturiana, cual es el caso de doña Aída, la sobrina de D. José? Todo regado con un buen vino asturiano y rematado con un fantástico arroz con leche casero. ¿Alguien da más?
Tras el almuerzo, se despidieron los hermanos de Cádiz y el resto de hermanos de Sevilla, sabiendo que pronto nos reencontraremos. Este comendador y su esposa (Cristiana de nombre y condición) acompañamos al flamante capellán hasta la Parroquia. Ya en la puerta, Don José manifiesta: “¿Quién me iba a decir a mí cuando de joven estudiaba la Orden del Temple que acabaría siendo uno de ellos…?” “No solo eso, don José, es usted el primer Capellán de la Orden del Temple en Sevilla después de 778 años, desde que Sevilla fuera Reino de Sevilla.”
Por ello felicitamos a don José. Y la hermandad se felicita por contar entre sus filas a un hombre bueno entre los buenos, un ejemplo de Soldado de Cristo: Al Paladín de San Bernardo.