LOS
TEMPLARIOS Y EL PENSAMIENTO JUÁNICO IGLESIA INTERIOR E IGLESIA EXTERIOR
Antes de introducirnos en este punto debemos de conocer al principal protagonista de esta forma de pensamiento: "Vino un hombre enviado por Dios, su nombre era Iohannan. Vino como testimonio, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos alcancen por ella la fe" (Juan 1, 6-7)
Pero ¿quién era Iohannan (Juan)?...
Al parecer era primo carnal de Jesús, aunque él se reconoce a sí mismo como "la voz que clama en el desierto".
Sabemos que no tuvo en un principio grandes relaciones con Jesús, pues mientras éste tuvo que viajar a Egipto para permanecer allí durante un largo tiempo, Juan fue iniciado e instruido por los esenios de la comunidad de Qumran.
La principal virtud de Juan desde el comienzo es su gran humildad, pues ya desde el principio declara: "es necesario que Él crezca (Jesús) y que yo disminuya".
También es cierto que Juan no acepta ser la reencarnación del profeta Elías desde el principio, no obstante reconoce en Jesús al enviado, al Mesías y esto es algo que se lee con claridad en el Evangelio de Mateo XI, 14: "... Él es Elías (refiriéndose a Jesús) que había de venir”.
Por lo tanto, lo primero que tenemos que tener claro es que Juan el Bautista (porque bautizaba) era esenio, pues practicaba los tres ritos bautismales de los esenios: arrepentimiento de los errores, inmersión o aspersión y perdón divino. Sobre el de aspersión diremos que los esenios lo practicaban en los postulantes, para confirmar su entrada en la Nueva Alianza.
También sabemos por Filón y Josefo, que el ascetismo de Juan era el mismo que practicaban los esenios. Por último, diremos que la enseñanza de Juan (que se practicaba cerca de Qumran) era muy similar a la de los esenios, con la que no sólo nunca se contradice, sino que además se complementa.
Por todo esto, afirmamos que Juan el Bautista, el precursor, fue instruido por los esenios, de los que recibió el bautismo de la iniciación y la instrucción necesaria para ser un igual entre ellos y ser quien tuviera la misión de preparar la llegada del Mesías.
Su misión era preparar psicológica y espiritualmente a sus discípulos a base de predicar a las almas para recibir la revelación divina de Jesús, la cual era tan sublime que hasta los mismísimos apóstoles no la entendían.
Al bautizar Juan, era como si se produjera una catarsis mediante el arrepentimiento de las faltas cometidas y la ruptura con el pasado, todos los que se arrepentían eran bautizados mediante la inmersión de sus cuerpos en el río Jordán, y el ritual mágico de Juan el Bautista, el esenio, los llevaba al umbral de una nueva vida, preparados para recibir la divina luz del Cristo, siendo su principal misión dar testimonio de la llegada del Mesías.
Llegados a este punto y considerando lo ya escrito, comprenderemos por que los templarios escogieron el Evangelio de San Juan, ya que entendían que la ley fundamental de la vida es la ascensión hacia el espíritu. El hombre, cuando toma conciencia de esta llamada del espíritu en sí mismo es cuando despierta a la vida como un hombre nuevo y comienza su evolución espiritual. Esta "subida hacia el espíritu" es la búsqueda del Grial.
Esta realización requiere de un proceso alquímico en la persona, una transmutación, es decir, de un proceso de muerte y resurrección: muerte del plano inferior y resurrección a un plano superior, que regenera en su evolución al hombre y que continua esa regeneración incluso después de la muerte del cuerpo físico.
Esta realización tiene un único fin: la unidad en Dios de todos los hombres, como principio sinárquico de la existencia humana, buscando la perfecta armonía entre los componentes del Uno. Dios trinitario es la Unidad Suprema, y el primer paso del hombre hacia esa Unidad es realizar el "androginado", es decir, la unidad armoniosa de nuestro ser.
El Temple tiene como una de sus misiones fundamentales ayudar a la humanidad en su iniciación y evolución, contribuir a romper y a alejar a la humanidad de esta vieja Era que se derrumba por doquier y unirnos en una Era nueva y luminosa en que todos los hijos de Cristo se reúnan en torno a Él.
En nosotros como cristianos también está el deber de intentar reunir a los hijos dispersos del mundo entero y de todas las religiones que creen en el Dios Uno, porque a todos los hombres sinceros que buscan la luz de la verdad, la Milicia del Verbo hoy debe facilitarles las claves iniciáticas para poder crear un nuevo pueblo, una nueva humanidad con los llamados hijos de Dios.
El Señor nos dijo: "He aquí la alianza que haré después de estos días: pondré mis leyes en sus pensamientos y las inscribiré en sus corazones. Yo seré su Dios, ellos serán mi pueblo. Ya nadie enseñará a su vecino ni a su hermano, diciendo: conoce al Señor, por que todos me conocerán, desde el mas pequeño hasta el mas grande". (Heb. VIII, 10-11)
Y nosotros, los templarios hoy, decimos: "!Ven a nosotros, Señor!, te esperamos en el corazón de la nueva tierra donde una nueva humanidad iniciada en la Luz levanta tus altares".