EL REINO DE
DIOS PARA LOS POBRES CABALLEROS DE CRISTO
Queridos Hermanos, que
Jesucristo sea nuestro Rey y nosotros sus vasallos
no necesita de prueba; lo confesamos por la fe y
estamos pronto a confirmarlo con nuestra sangre.
Él mismo lo protestó aun desde su nacimiento,
diciendo:“Yo he sido
establecido por rey sobre Sión”.Y
al punto hizo que lo publicasen al mundo los
Magos, cuando preguntaron: “¿Dónde está el rey de
los judíos que ha nacido?”; y así
como nació con el título de rey en la frente, así
murió con el título de Rey en la cruz: Jesús
Nazareno, Rey de los judíos, que son, según el
espíritu, los fieles verdaderos, como explica San
Agustín. Somos, pues, sus súbditos como nacidos en
su Reino, poseídos de su dominio, redimidos con su
sangre, libertados por Él de la esclavitud del
demonio y destinados a reinar con Él mismo
eternamente en el Cielo. Mirad por cuántos títulos
le debemos sujeción y vasallaje, y cuánta
felicidad nuestra es vivir debajo del señorío y
según las leyes de un Rey infinitamente grande,
sabio y bueno.
¿Qué corazón no se llenará de
júbilo, sabiendo que puede gozar de sus virtudes
verdaderamente reales? La sabiduría con que
perfectamente conoce las necesidades de sus
vasallos; el poder con que puede con un solo mirar
de ojos remediarlos; la misericordia con que se
enternece a compadecerse de ellos, la justicia
incapaz de errar en el premiar los méritos y
castigar los delitos; la providencia en prevenir
los peligros para librarnos de ellos y prevenir
las necesidades con el socorro de antemano. Que
bien decía David en el salmo profético de este
Rey, que debajo de su dominio reinaría en el mundo
la felicidad, la alegría, la justicia y la
abundancia de la paz. Pongámonos un poco a
comparar al Rey del Cielo con los reyes de la
tierra. Estos imponen gabelas y tributos; Él los
quita; antes paga a su costa las deudas de los
suyos. Estos empobrecen a los vasallos para
enriquecerse a sí; Él se hizo pobre por
enriquecernos con su pobreza. Éstos muchas veces
en su gobierno se apartan de la rectitud y
justicia, o por ignorancia o por pasión o por
malicia; Él nunca puede extraviarse de lo justo,
por que es la misma sabiduría, justicia y bondad.
Éstos hacen leyes pesadas, que de ordinario ellos
mismos las quebrantan; Él pone leyes suaves, en
cuya observancia nos va siempre delante con el
ejemplo.
Ahora este Rey de las virtudes
bajó del trono de su eterna gloria, al campo de la
vida mortal para intimar la guerra al mundo
rebelde, al Diablo tirano y a los vicios
destruidores del linaje humano. El amor de sus
súbditos tiranizados por el bárbaro enemigo, le
movió a tan heroica empresa de cómo librarlos de
la cruel esclavitud que padecían, no sufriendo el
corazón verles gemir y perecer en las cadenas;
únicamente le solicitó el deseo de traer consigo
compañeros a gozar la eterna felicidad de su
Reino, no pareciéndole que reinaba perfectamente
dichoso si no comunicaba a sus fieles soldados su
felicidad. De suerte que el fruto de la victoria
no será del Rey, sino de los vasallos a quienes
quiere dar el mérito de sus fatigas y el premio de
la batalla y del triunfo. Solamente nos convida a
que tomemos con Él las armas que, expresión de San
Pablo, son:“La
loriga de la justicia, el escudo de la fe y el
yelmo de la salud”. Nos exhorta a seguir su
bandera ofreciéndose el primero a los peligros e
incomodidades sin resguardar su vida ni atender a
su majestad. A este fin nos alistó en su milicia,
para que con él peleásemos, y en medio de loa
enemigos, a prueba de trabajos y sudores, diésemos
testimonio de nuestra lealtad. ¿Qué corazón, pues,
habrá tan vil que se niegue al convite de su rey
que se ofrece por Capitán General de tan generosa
empresa, y nos promete segura victoria si no falta
por nosotros?
¿Quién de vosotros tendrá tan
poco juicio y tan poco amor de su bien, que rehúse
salir en campaña, donde se trata aún más de su
salud que de la gloria de su Rey? ¿Dónde no se
puede huir del combate si no es quedando
prisionero del enemigo que nos viene a asaltar por
privarnos de un Reino Eterno y hacernos
perpetuamente sus esclavos? Brava cosa sería si un
soldado, al tiempo que su capitán está con las
armas en la mano y sale a acometer a los
escuadrones enemigos, él se estuviese desarmado,
tendido en la cama o jugando a los dados o al
ajedrez. Aquel valeroso Urías, tan celebrado en la
historia de los reyes, decía, cuando David le
convidaba al descanso:
“Mi general, Joab esta peleando en campaña o
durmiendo sobre la dura tierra en defensa del
Arca, ¿y yo he de tener corazón tan vil que me
esté en casa regalándome en mi mesa y durmiendo en
mi blanda cama? Nunca lo haré.”
Pero para avivar más el espíritu,
imaginaos que oís a San Luís, Rey de Francia,
cuando en la asamblea de los príncipes y señores
de su reino, descubierta la cruz que tenía
pendiente al pecho, les convidó a la conquista de
la Tierra Santa:“Mis
files vasallos, dijo: esta cruz que veis en mi
pecho ya os descubre el deseo y el designio de mi
corazón: la Tierra Santa, la ciudad de Dios, la
herencia de Jesucristo, donde obró los misterios
de nuestra redención, santificándola con milagros
de su vida y regándola con su divina sangre, gime
sujeta a la tiranía de los bárbaros infieles,
ellos han arrojado a nuestro Dios de la corte y
capital de su imperio para afianzar su tiránico
yugo sobre las ruinas del cristianismo. ¿Quién
podrá explicar la impiedad con que han arruinado
los sagrados templos? ¿Quién las opresiones y
durísimos tratamientos con que fatigan a aquellos
pocos cristianos que allí han quedado, a quienes
tratan peor que esclavos? Las lágrimas de aquellos
miserables, la desolación de la santa ciudad, me
mueven a compasión e invocan nuestras armas para
que los socorramos, yo estoy resuelto de pasar
allá mis banderas y derramar, si fuera menester,
mi sangre. A vosotros también ofrezco la cruz, ¿os
negaréis a aceptarla? Os convido a que me
acompañéis en tan noble conquista; ¿os excusaréis
de seguirme? Yo, yo voy con vosotros a participar
de los trabajos del viaje, a experimentar las
incomodidades de la guerra, y vosotros seréis
conmigo participes de los despojos de los vencidos
y de los premios de la victoria. Ninguno
encontrará más incomodidades ni entrará en más
peligro que su rey. Ea, pues mis fieles campeones,
vamos generosamente a la sagrada empresa, en que
triunfará sin duda la gloria de Dios, de la Santa
Iglesia y de vuestro valor. Imaginad ahora que os
pone la cruz en la mano el Salvador, que salió del
sepulcro victorioso del mundo, de la muerte y del
infierno. Con esta cruz no hay duda que
alcanzaremos la gloria inmortal, ya volviendo
ricos y cargados de los despojos de los enemigos o
quedando allí muertos con feliz martirio”.
A este convite, ¿qué corazón
podría resistir? ¿No sería tenido por la más vil
alma del mundo el que se viese excusado a seguir a
su rey en una empresa tan noble y tan sagrada?
Todos con un corazón, a una voz pidieron la
insignia de la cruz, se ofrecieron prontísimos a
seguir al rey, a morir antes en la sagrada guerra
que vivir en el sosiego de sus casas en paz.
Incluso los hermanos del rey y los príncipes de la
sangre e incluso la reina y las princesas pidieron
al legado de Inocencio IV que las admitiese a ser
cruzadas.
Y si tanto pudo el convite y
ejemplo de un rey terreno, respetado y amado de
sus vasallos, ¿cuánto más fuerte y suave atractivo
debe tener el encargo y oferta del Rey Celestial,
justísimo y amabilísimo, para arrebatarnos a que
le sigamos? Él, depuestas las insignias de su
majestad y armado de solas virtudes, viene a
combatir con el común enemigo, echa entre los
fieles un bando general de cruzada en el que se
lee:“El que quiera venir
en pos de mí, tome su cruz y sígame”.
¿Quién quiere seguirme a pelear y vencer al
Príncipe de las Tinieblas, que tiene tiranizado al
género humano? ¿Quién toma conmigo las armas para
destruir los pecados que son las crueles cadenas
que tienen a los hombres miserablemente
esclavizados?
¿Quién quiere exponerse a breve
guerra por conseguir el Reino Eterno del Cielo?
Los trabajos de la milicia serán comunes: no será
mejor la suerte del capitán que la de los
soldados; solo que yo seré el primero a entrar en
la batalla, a plantar el estandarte de mi cruz
sobre el campo enemigo.
Añádase que nuestro Rey, no solo
quiere ir delante como guía para el difícil camino
que nos propone en tan ardua empresa, sino también
quiere dar aliento y vigor para que le sigamos con
gusto y venzamos con alegría y facilidad, como
hizo ya Wenceslao. Este piadosísimo rey, ardiendo
todo en amor divino, usaba visitar de noche las
iglesias descalzo, aun en el invierno, en que
solía estar la tierra cubierta de nieve. Llevaba
detrás a Podovino su fiel cortesano el cual, una
vez por el gran frío aterridos los pies, fue
forzado a detenerse por no poder seguir al rey.
Cuando el piadoso rey lo conoció,
le mandó que entrase sus pies en las huellas que
él dejaba señaladas. Hízolo el cortesano y no solo
sintió que se le calentaban los pies, sino todo el
cuerpo con tal ardor, que pudo seguir con alegría
por el áspero camino a su señor. Este mismo efecto
hacen continuamente en sus seguidores las huellas
del Salvador que va delante: no solo nos enseña el
Camino, mas nos da bríos para seguirle con pasos
ligeros. Sea pues áspera, sea difícil, esté llena
de trabajos e incomodidades la senda por donde le
hemos de seguir, el hallarla toda señalada de sus
huellas, el haberla Él corrido por nuestro amor,
no solamente la ha allanado los pasos, sino que la
ha hecho deleitable, amena y florida con mil
acciones que nos dejó por ejemplos. Pues ¿por qué
no le seguiremos? Jesucristo, dice San Cipriano,
practicó todo lo que enseñó para que el discípulo
no pudiera tener excusa si siendo siervo, no
quisiera padecer lo que primero padeció su Señor.
“A
la conquista, pues, del mundo, a la salud de las
almas, a la ruina de los pecados aspira nuestro
Rey. Para esta noble empresa busca por todas parte
soldados, convida secuaces y sin embargo
-decía desconsolado Ezequiel- no hay quien vaya a
la batalla, cuanto se cansa en hallar quien le
siga, como generoso aventurero, en tan justa
guerra, vileza intolerable de los que somos sus
vasallos, agravio gravísimo que se hace ha tan
buen Rey”. “Digno es por cierto de muerte -decía
San Bernardo- el que rehúsa alistarse bajo las
banderas de Jesucristo”.
Pensad que Felipe II llamó a la
corte a algunos soldados que más valerosamente
habían militado en Flandes bajo el mando de
Alejandro Farnesio para conocerlos y premiarlos.
Aparecieron todos señalados con gloriosas heridas
y oyendo al rey, que les decía con amoroso
semblante qué premio deseaban por sus sudores y
heridas, respondieron:“Ningún otro sino que nos permita otra vez militar
en las banderas de Alejandro”. Tan
grande era la estimación, tan grande era el amor
que tenían a aquel valeroso capitán. ¿Qué hemos de
decir, hermanos, si nuestro poderoso Rey no puede
alcanzar de nosotros con sus convites y
llamamientos lo que tantos otros infinitamente
menos dignos alcanzaron de sus súbditos y soldados
sin resistencia alguna? ¿Qué excusa se podrá jamás
alegar si no seguimos al Monarca Divino con tanto
aliento como se suele seguir a un señor terreno?
Por ventura se dirá que si los trabajos de la
milicia, los horrores de la batalla que sufren por
el rey de la tierra son gustosos, son agradables,
¿los que se deben padecer por el Rey del cielo son
desapacibles y amargos? ¿Y donde está la fe?
¿Dónde el amor y obsequio debidos al Rey de los
reyes? De suerte que el afecto que se tiene a un
príncipe terreno, el interés de un estipendio
mundano, hace alegre y conforme a la inclinación
natural de seguirle en los precisos infortunios y
trabajos de la guerra; y el amor que profesamos al
Rey Celestial y el premio de una gloria eterna
deja que parezca más áspero, muy insufrible y
repugnante a la naturaleza del militar con él
debajo de sus banderas.
Con razón decía el Salvador:
“Los hombres de Nínive se
levantarán en juicio y os condenarán, dando a
conocer cuan prontos fueron ellos a imitar a su
bárbaro rey, aún en una empresa muy dificultosa
porque Sardanápalo, oyendo la ruina de la ciudad,
amenazada por el profeta Jonás, se levantó de su
trono, se desnudó sus reales ropas, se vistió un
saco, se sentó sobre la ceniza y ayunó.”
Después por intimo pregón intimó a
sus vasallos un riguroso ayuno y una severa
penitencia de sus pecados pero, como reparó
agudamente San Ambrosio, para que toda la ciudad
ayunase, el rey primero puso de abstinencia
estrecha su mesa real. Un Sardanápalo con su
ejemplo pudo tanto con sus súbditos y Jesucristo,
con la idea de sus divinas virtudes ¿no podrá otro
tanto en los corazones de sus fieles? ¿Es esto
todo lo que puede prometerse de nosotros un Dios,
habiendo bajado de su gloria a nuestra vileza, por
ser nuestro Capitán, por movernos y ayudarnos a la
conquista de un Reino a nosotros tan útil como
glorioso para Él? ¿Pues que hará? ¿Renunciará a
las armas? ¿Se volverá a su Cielo sin pelear? No
se lo permite la gloria de su eterno Padre, ni el
amor de nuestra salud. Está dispuestísimo a ir
solo a la batalla y nos dice:“Vosotros,
como cobardes, me volvéis las espaldas y huís, mas
yo iré solo a ofrecer por vosotros el pecho a las
lanzas de vuestros enemigos. Quedaos, pues
vosotros, perezosos, a gozar del ocio, a dormir
sobre plumas; yo solo saldré al encuentro del
enemigo, a las fatigas y peligros hasta caer
rendido del peso. Entregaos a los placeres, a la
embriaguez y glotonería; para mí serán las penas,
a mí me tocará beber el Cáliz de la Pasión y
mientras vosotros alargáis la mano a las frutas
prohibidas, yo extenderé las mías en el trono de
la cruz”.
Y nos recuerda:“Pero
no penséis tener parte en mi Reino, porque quien
conmigo no pelea, tampoco reina en mi compañía ¿y
con qué cara tendréis después la osadía de aspirar
a mi bienaventuranza, cuando yo os mostré las
llagas de mis manos, pies y costado, abiertas por
vuestra salvación y vosotros no podréis
recíprocamente mostrarme una gota de sudor, no
digo de sangre, derramado por mi gloria?".
¿Tendremos corazón para sufrir que
así nos zahiera? ¿Tendremos ánimo para ver a
nuestro Rey en el campo de batalla? ¿Nos
quedaremos desalentados porque nos ofrece su cruz
y nos dice que su Reino no es de este mundo?
Hermanos, yo os digo que nos fiemos de su bondad
que aún en esta vida, entre los trabajos de la
milicia que por Él y con Él profesamos, no dejará
de darnos a experimentar los efectos dulces de su
beneficencia, y en la otra vida nos tiene
preparado un gran Reino por premio de la batalla,
mas no por ello dejará de darnos en esta vida un
copioso ”sueldo”.
A los que pelean, ¿no se les
promete un liberal donativo después de la
victoria? Con todo eso vemos que, entre tanto, se
les da un competente sueldo en tiempo de la
batalla. Los interiores gustos del ánimo, las
consolaciones espirituales, el júbilo de la buena
conciencia, son unos tratamientos amorosos con que
este benigno y benéfico Rey, aun en el tiempo de
la guerra presente, premia y contrapesa lo que se
obra y padece por su amor. Decía Santa Teresa:“Solo el pensar que
tenemos que pelear y `padecer con tan gran Rey,
nos debe hacer, no solo animosos, sino alegres y
alentados en los trabajos y tribulaciones”.
Hermanos no solamente es cosa gloriosa, sino dulce
y alegrísima seguir al Señor y ejecutar sus
mandatos.
Querido Hermano de la Hermandad de
los Pobres Caballeros de Cristo, acaso te parece
empresa difícil y ardua haber de retirarte del
camino ancho de los vicios y entrar por la senda
estrecha de las virtudes. Pero ¿qué aliento no
infundirá al corazón llevar a los ojos por guía al
Rey del cielo? Amarga cosa nos parece apartar los
labios del dulce licor de los placeres, por
aplicarlos a la hiel de la mortificación; pero
¡qué suave y sabrosa la hará la reflexión, que
Cristo primero la endulzó y azucaró con su divina
boca! Tememos como vida difícil y melancólica el
vivir sin la conversión licenciosa de ciertos
amigos del pasatiempo, más la dulce conversación
del Rey Celestial, y con eso el tenerlo por
compañero en los trabajos y tribulaciones, ¿no
prevalecerá y valdrá más que la compañía de
cualquier criatura?
Revolved las escrituras sagradas,
y hallaréis que en virtud de sola esta compañía,
se alentaban todos aquellos padres a entrar en
cualquier ardua y trabajosa empresa. “Yo estaré
contigo”, le decía Dios (Jud. VI, 16) a Isaac
cuando le quiso animar a no temer las asechanzas
de los palestinos. Así lo prometió Dios a Jacob,
cuando quiso alentarle a emprender la larga y
áspera peregrinación a la vuelta de su patria. Así
lo ofreció a Moisés, cuando le quiso dar bríos
para el grande empeño de librar a los israelitas
del cautiverio del Faraón. Así finalmente a Josué
cuando le encargó la dificultosa empresa de
conducir al pueblo a la tierra de promisión. Y así
también nos dice a nosotros el Salvador:“No temáis, yo estoy con vosotros para
salvaros; ceda, pues, todo temor. Yo estoy con
vosotros a daros todo cohorte y libraros”.
Pues, ¿qué nos detiene? ¿Cómo
dilatamos el seguir a tan benéfico Señor y Rey?,
mejor será decir como el devotísimo San Bernardo:“Te seguiremos Señor, por ti y a ti porque Tú
eres el Camino, Verdad y Vida; Camino en el
ejemplo, Verdad en la promesa y Vida en el
premio”. Por eso debemos decir: “¿Qué debo hacer
ahora con vuestro ejemplo cuando vos, Rey de
soberana majestad, queréis entrar a la parte de
los trabajos, tomando para vos lo más arduo, lo
más difícil, lo más penoso y dejando para mí lo
menos molesto y menos amargo? Esta vuestra bondad
me arrebata todo el corazón y me hace una amorosa
violencia para seguiros. Una y otra vez estoy
dispuesto a seguiros ya sea por un camino llano,
sin trabajos ni espinas, ya sea cuesta arriba, por
sendas ásperas llenas de malezas y dificultades.
Ni me pone miedo, Señor, lo que prevenís,
que quien quisiere ir en pos de vos se niegue a sí
mismo; ni me acobarda haber de tomar la cruz para
seguiros porque este es un dulce amargo que más me
halaga y regala, que no me desmaya y desalienta,
sabiendo que debo padecer en vuestra compañía, y
que vos vais delante con una cruz mucho mas
pesada; que yo he de llevar la mía, sustentada por
vuestra poderosa mano a la que ha hecho ligera y
suave el haber estado sobre vuestros divinos
hombros”.
Aceptad, pues, con agradables ojos
y afecto ¡OH divinísimo Rey mío! Esta mi ofrenda
como Pobre Caballero de Cristo, dad valor a este
mi buen deseo, asistidme con vuestra eficaz
gracia, para que yo pelee valerosamente en vuestro
servicio, para reinar después con Vos eternamente
en vuestra Gloria.