A Vosotros, hermanos, deben exponerse otras cosas que
a los mundanos, o al menos de distinta manera. A ellos debe
ofrecerles leche y no comida, el que en su magisterio quiera
atenerse al modelo del Apóstol (1). Pero también
enseña con su ejemplo a presentar alimentos más
sólidos para los espirituales, cuando dice: "Hablamos
no con el lenguaje del saber humano, sino con el que enseña
el Espíritu, explicando temas espirituales a los
hombres de espíritu". E igualmente: "Con
los perfectos exponemos un saber escondido", como pienso
que ya sois vosotros sin duda. A no ser que os hayáis
entregado en vano durante tanto tiempo a la búsqueda
de las cosas espirituales, dominando vuestros sentidos y
meditando día y noche la ley de Dios. Abrid la boca
no para beber leche, sino para masticar pan. Salomón
nos ofrece un pan magnífico y muy sabroso por cierto:
me refiero al libro titulado el Cantar de los Cantares.
Si os place, pongámoslo sobre la mesa y partámoslo.
Si no me engaño, la gracia de Dios os ha enseñado
suficientemente a conocer este mundo y despreciar su vacío
mediante la palabra del Libro del Eclesiastés. ¿Y
el Libro de los Proverbios? ¿No habéis hallado
en él la doctrina necesaria para enmendar e informar
vuestra vida y vuestras inclinaciones? Saboreados ya estos
dos libros en los que habéis recibido del arca del
amigo los panes prestados, acercaos también a tomar
este tercer pan, el que mejor sabe.
Hay dos únicos vicios o al menos lo más peligrosos
que luchan contra el alma: el vano amor del mundo y el excesivo
amor de sí mismo. Estos dos libros combaten esa doble
peste: uno cercena con el escardillo de la disciplina toda
tendencia desordenada y todo exceso de la carne. El otro
aclara agudamente con la luz de la razón el engañoso
brillo de toda gloria mundana, diferenciándolo certeramente
del oro de la verdad.
Es decir, entre todos los afanes mundanos y deseos terrenos,
opta por temer a Dios y seguir sus mandatos. Y con toda
razón. Porque ese temor es el principio de la verdadera
sabiduría; y esa fidelidad, su culminación.
Al fin, sabido es que la sabiduría auténtica
y consumada consiste en apartarse de todo mal y hacer el
bien. Además, nadie puede evitar el mal adecuadamente
sin el temor de Dios, ni obrar el bien sin observar los
mandamientos.
Superados, pues, estos dos vicios con la lectura de ambos
libros, nos encontramos ya preparados para asistir a este
diálogo sagrado y contemplativo que, por ser fruto
de entrambos, sólo puede confiarse a espíritus
y oídos muy limpios.
De no ser así, si antes no se ha enderezado la
carne con el esfuerzo de la ascesis, sometiéndola
al espíritu, ni se ha despreciado la ostentación
opresiva del mundo, es indigno que el impuro se entrometa
en esta lectura santa. Como la luz invade inútilmente
los ojos ciegos o cerrados, así el hombre animalizado
no percibe lo que compete al espíritu de Dios. Porque
el Santo Espíritu de la disciplina rehuye el engaño
de toda vida incontinente y nunca tendrá parte con
la vaciedad del mundo, porque es el Espíritu de la
verdad. ¿Podrán tener algo en común
el saber que baja de lo alto y el saber de este mundo que
es necedad a los ojos de Dios, o la tendencia a lo terreno,
que significa rebeldía contra Dios? Pienso, por eso,
que ya no tendrá motivos para murmurar el amigo que
esté de paso entre nosotros, cuando haya tomado este
tercer pan.
Mas, ¿quién lo partirá? Está
aquí el dueño de la casa: reconoced al Señor
en el partir del pan. ¿Quién más a
propósito? No seré yo quien caiga en la osadía
de arrogármelo. Dirigíos hacia mí, sí,
pero no lo esperéis de mí. Yo soy uno de los
que esperan; mendigo como vosotros el pan para mi alma,
el alimento de mi espíritu. Pobre e indigente, llamo
a la puerta del que abre y nadie cierra, ante el profundísimo
misterio de este diálogo. Los ojos de todos están
aguardando, Señor; los niños piden pan y nadie
de lo da Lo esperan todo de tu bondad. Señor, piadoso,
parte tu pan al hambriento, si te place, aunque sea con
mis manos, pero con tu poder.
(1) Se refiere a San Pablo y el texto correspondiente
que hallaréis en su Epístola Primera a los
Corintios
Traducción de
Iñaki Aranguren. Biblioteca de Autores Cristianos,
Madrid, 1987.