Si por la causa de Dios has pasado
de conde a soldado y de rico a pobre, te felicito como es justo,
y en ti glorifico a Dios, porque sé que este cambio se
debe a la diestra del Altísimo.
Por lo demás, te confieso que no acepto aún con
resignación el que Dios me haya privado de tu gozosa
presencia por su misterioso designio, de modo que no pueda verte
de vez en cuando; porque si hubiera sido posible, jamás
hubiera querido que te alejaras de mí.
Podré acaso olvidar nuestra primera amistad y los beneficios
que tan generosamente acumulaste sobre nuestro monasterio? ¡Ojalá
Dios, por cuyo amor lo hiciste, tampoco se olvide jamás
de ti!
Por mi parte, nunca seré ingrato contigo, guardaré
en el espíritu el recuerdo de tu espléndida caridad
y, si tengo ocasión, lo demostraré con las obras.
¡Qué gustosamente intentaría hacerlo, tanto
en lo material como en lo espiritual, si hubiéramos podido
vivir juntos! Pero como no es así, sólo me queda
orar siempre por el ausente, ya que carezco de su presencia.