Hermanos, mirad al buen Jesús, todo el cuerpo místico del linaje humano llagado de pies a cabeza con innumerables heridas y su espíritu afligido con graves ignominias. Contémplale bien: por las codicias de los avaros está desnudo en la cruz; por la soberbia de los letrados, es tenido por loco; por la vanidad de los que presumen de santos, es tenido de pecador; por la hinchazón de los poderosos, es tratado como miserable y debil; por los regalos de los sensuales, es cargado de tormentos.


Sus cinco sentidos son atormentados por las demasías de los nuestros; su cabeza coronada de espinas, en castigo de nuestras ambiciones; su lengua aheleada por nuestras glotonerías; sus manos y sus pies agujereados por nuestras malas obras, y peores pasos; sus espaldas aradas con azotes por nuestros hurtos; sus hombros oprimidos por el peso de la cruz, por que echamos de los nuestros el peso de su santa ley.

Se reunieron y juntaron los reyes y príncipes de la tierra contra Dios y contra su Cristo; por que toda suerte de hombre se conjuro contra Jesús para atormentarle, pues en esta ocasión concurrieron reyes y pueblos, sacerdotes y magistrados, letrados y gente necia, y no falto entre sus mismos discípulos quien le hiciese traición y diera traspié. Se juntaron todas las pasiones desenfrenadas contra el Salvador, que había venido a sujetarlas y ponerles freno, y atizaron así el fuego de la ira y rabia contra Cristo, arrojándose sobre él como tigres y leones para despedazarle y desgarrarle.
Pero creció de sobremanera su tormento con la instigación del demonio, el cual, como había sido vencido y burlado por el Salvador, quería tomar de Él venganza, atizando la fiereza de los hombres para que le persiguiesen.
Todas estas penas las acrecentaba el conocimiento que el Señor tenía de la rabia de sus enemigos, la cual descubría no solo por las obras y señales exteriores, sino también porque penetraba en sus corazones y veía claramente las ansias endemoniadas que tenían de atormentarle.

Pero Jesús todo lo sufre con admirable paciencia y mansedumbre por nuestro amor. Y nosotros ¿Qué hacemos por Él? ¡Quizá hemos también perseguido al Señor con nuestros pecados! Lloremos nuestras faltas, propongamos enmendarlas he imitar las virtudes que en su pasión Él nos enseña.
¡OH amado Señor, cuyo corazón está más lleno de amor ha vuestros enemigos, para padecer por su provecho que el de éstos de aborrecimiento, para vuestro daño! Llenadme de vuestra encendida caridad, para que imite vuestra invencible paciencia.
Non Nobis
Fr.+++ J.M.Nicolau
