Apreciados Hermanos del Temple, considerad que Dios Padre mandó en la ley antigua amar al prójimo, y Jesucristo renovó encarecidamente este precepto de la caridad fraterna. Considerad además, en segundo lugar, que Jesucristo llama al precepto del amor del prójimo Suyo, por que éste es el que constituye el purísimo ideal y el carácter distintivo de la ley nueva, el que contiene los deseos más ardientes de su corazón y como el sello divino de su espíritu. Como si Jesucristo quisiera decir: “Ni por los grandes milagros que obraréis en mi nombre, ni por la fe misma que tendréis, quiero que seáis conocidos por mis verdaderos discípulos; sino únicamente por la caridad que tuviereis unos con otros”.
Nos dice San Juan: “Cualquiera que diga que ama a Dios y no ame a su Hermano, miente” ¿Cómo se puede amar a Aquel cuya orden y precepto se menosprecia,? Juzga por esta regla del amor que tienes a Dios, pues si le eres indiferente o aborreces a tus prójimos, ya sabes que no le amas. (Y recuerda que si no le amas no estás con Él, estás en su contra).

Hermano, la primera regla de la caridad con el prójimo es amarle como a nosotros mismos, procurando que este amor tenga las mismas cualidades de nuestro propio amor. Pues si amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos sentiremos mucho sus males por pequeños que sean.
Además Hermano, el amor propio nos oculta nuestros defectos y hace que nos parezcan leves. La caridad hará también que nos parezcan leves los defectos de nuestros Hermanos, si no podemos disculpar sus acciones, disculparemos la intención y si no podemos disculpar la intención, nos compadeceremos de su flaqueza ¿Qué parte de éste texto no habéis entendido o no podéis asimilar? ¿Qué parte del mismo os cuesta tanto aceptar, es más, ¿que tenéis que aceptar? Cuándo es el mismo Dios que os lo manda, acatad y callad, o seréis tan necios que le desobedeceréis y cuestionaréis y si esto es así ¿a qué os llamáis hijos de Él? Y si no sois capaces de cumplir con éste precepto ¿a que le pedís caridad a Él? ¿Dónde está la tuya? ¿De quién eres hijo? ¿Te consideras blando por perdonar? ¿O es que consideras que es mejor arder con tu dureza en el fuego de la eternidad? ¿No deberías imitarle, como el Hijo imita al Padre? ¿No deberías obedecerle, como el Hijo obedece al Padre? ¿No te llamas Soldado de su Blanca Milicia? ¿Dónde fue tu obediencia, tu amor, tu caridad, tu lealtad, tu fe, tu comprensión, tu compasión? ¿ No las tiene Él contigo? ¿No te agrada que las tenga? Tenlas tú con tus Hermanos y con tus semejantes y mejor aún con tus enemigos, por que de no ser así, lejos estás de ser de Él y más cerca estás de ser un servidor de las tinieblas, un hijo del padre de la mentira y tu manto que es de luz, de negrura y tinieblas se tornará y en la postrera hora recordarás cuán cerca estuviste de ser un verdadero hijo de Dios y con lágrimas en los ojos le pedirás perdón, por todo el agravio causado y esperando que se haga su voluntad, por que Tú no perdonaste y por ello no mereces ser perdonado (“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”) y penarás por no haber cumplido con sus preceptos y por no haber sabido escuchar y haber querido entender sus mandamientos.

Recuerda Hermano que el mismo Jesucristo nos dijo: “No hagáis con los demás sino lo que quisierais que ellos hiciesen con vosotros...” La tercera regla de la caridad es amar a nuestro prójimo como Jesucristo nos amó... ¿Cómo nos ama Jesucristo? Sin ningún mérito por nuestra parte... ¿Qué había en nosotros que mereciese su amor? O mejor decir ¿Qué había en nosotros que no mereciese su aborrecimiento, pues éramos sus enemigos? Pues Hermanos, Jesucristo nos amó sin interés. Nos amó hasta sacrificar por nosotros sus bienes, su reposo, su gloria y hasta su vida... Este es el mandamiento verdaderamente nuevo que deben observar los verdaderos cristianos y no digamos ya, aquellos que se llaman sus soldados. ¿Lo habéis observado hasta ahora...?
Recuerda Hermano del Temple, que primeramente, la caridad vence la cólera y el resentimiento, domina las acciones que ofenden y las palabras que irritan, las emulaciones que nos hacen mirar la elevación del otro como propio abatimiento, la vanidad, que nos hace despreciar a los demás, la ambición, que nos incita a derribar a otros para elevarnos sobre sus ruinas...Las sospechas y juicios temerarios de las acciones de los prójimos... La secretas y malignas alegrías en sus aflicciones, el asimiento excesivo a nuestros intereses... ¿ Hermano, no reconoces alguno de estos defectos en ti? ¿No te sientes y te das por aludido? Si es así, debes de confesar que no se parece tu corazón al de Jesús, modelo y manantial perenne del amor cristiano.
Perdona, pues, de todo corazón Hermano a los que te han injuriado, por que es justo que el hijo sea semejante a su Padre.

Non Nobis
Fr.+++ J.M.Nicolau
Nota: En breve impresiones de investiduras en la SMOTH MIT de los nuevos Hermanos.