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HIRAM |
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Queridos hermanos, los textos sobre el gran
arquitecto Hiram, todos los conocemos de la
Biblia, en el antiguo testamento, y se le da,
creemos, la importancia que tiene y que
verdaderamente en la orden le damos. Ahora existen
otras fuentes que aportan más información, y que
son fuentes no canónicas, y pertenecientes a la
tradición, lo cual se le debe de dar la
credibilidad, e importancia que se merece, ni más,
ni menos. El texto que ahora exponemos aquí, está
sacado de un texto del Dr. Arquitecto Manuel
Ayllón Campillo, y me parece de lo mas completo
para conocer el personaje en cuestión.
Ésta es la leyenda que cuenta la tradición de
Hiram, el gran Arquitecto del Templo de Salomón.
Salomón, tras recibir en el sueño las
instrucciones de JHWH, al respecto de iniciar las
tareas de construcción del Templo, las emprende
siguiendo las instrucciones dadas por el viejo
profeta Natan. Para comenzar estos trabajos
Salomón, que gobierna un pueblo de pastores
trashumantes, no asentados y, por lo tanto, no
instruidos en el arte de construir, recabará los
esfuerzos de un hombre versado en estas artes y,
por ello, lo reclamará de allí donde estos oficios
son casi sagrados y sirven al poder para mejor
expresar su esplendor: de Egipto. En señal del
pacto, Salomón casará con la hija del faraón
Saimón, que se desplazará a vivir en Jerusalén
conservando su religión y levantando con ello las
primeras críticas de los levitas al nuevo estado
de las cosas en Israel.
El emperador egipcio designará a un experimentado
arquitecto de nombre Hiram-Habib (Hiram el
Fundidor) para el trabajo de construir el Templo
en Jerusalén. Como ya se ha dicho de la enemistad
a niveles populares entre egipcios e israelitas,
cosa que no sucede a nivel de gobernantes,
conviene en que ese arquitecto que viene de Egipto
y, por lo tanto, está instruido en las técnicas de
la cantería, el arte de fundir metales, los
secretos de la geometría y conoce de los modos de
organización en los capataces, maestros, albañiles
y aprendices, disimule su verdadera nacionalidad y
la esconda bajo la lengua y los modos de un
fenicio, país vecino y amigo de los israelitas.
Los fenicios intervendrán de manera decisiva y
peculiar en esta historia y es de manera no ajena
a aquellas características conductas que se han
dado en llamarse "fenicias" cuando hacen
referencia al talante mercantil y negociador. Ya
entonces se procuraba tan laborioso e ingenioso
pueblo en labrarse una fama en la historia.
Sucedía, a la sazón, que el pueblo israelita,
gente nómada y del pastoreo -al menos hasta
entonces-, necesitaba de maderas y metales para
construcción de su Templo y al ser Galilea tierra
pobre en ambas riquezas procuraron el concurso del
comercio fenicio para procurar allegar tales
materiales. A tal fin, los fenicios convinieron
con Balkis, la reina de Saba, que su reino
proveyera los metales, ellos proveerían de las
maderas de sus cedros e instrumentarían la
operación comercial aceptando en pago las
producciones agrarias y ganaderas de los
israelitas. Cobrarían una comisión a Salomón y
otra a la reina de Saba por la mediación, darían
trabajo a su flota y venderían la madera de los
bosques libaneses. ¡Todo un negocio! Los
israelitas pagaban al rey de Tiro veinte mil
fanegas de trigo y veinte mil cantaras de aceite
por año. Además permitirían que el arquitecto
enviado por los egipcios adoptara la nacionalidad
fenicia al decir ser hijo de padre fenicio y madre
de la tribu de Neftalí y tomara el nombre del
entonces rey fenicio, curiosamente también llamado
Hiram. Y en estas llegó a Jerusalén el arquitecto
Hiram-Habib para emprender los trabajos de
construcción del Templo, según las instrucciones
que se tenían desde las profecías de Natan, de las
instrucciones particulares de Salomón y de las
características específicas del Tabernáculo, hasta
entonces trashumante, que albergaba el Arca de la
Alianza. El Templo habría de ser el nuevo
Tabernáculo. Por cierto y al hilo de la capacidad
de evocación que esta materia ha tenido entre los
arquitectos de todos los tiempos, conviene repasar
los dibujos de Le Corbusier sobre ese Tabernáculo.
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Cuando Hiram llegó a Jerusalén su primera tarea
fue la de organizar a los israelitas en gremios y
oficios con los que emprender los trabajos. A tal
fin, comenzó instruyendo a unos cuantos, que a su
vez instruyeron a otros y estos a muchos más con
objeto de instruir a los israelitas en labores
para ellos desconocidas como tallar y pulir la
piedra, transportarla, fundir los metales,
fabricar los instrumentos, cortar y ensamblar
finamente las maderas, trabajar las piedras duras,
fabricar poleas y cabestrantes, conducir el agua,
acopiarla, mover las tierras y, sobre todo,
entender las ordenes y establecer unos códigos de
representación y lenguaje para comunicar y
transmitir el oficio para ejecutar todas estas
nuevas tareas, nuevas al menos para los
israelitas. Por ello, bajo el mando de Adonirán
-persona de la confianza de Salomón- se enviaron a
Tiro, a perfeccionarse en estas artes, a treinta
mil hombres, en tres turnos de diez mil cada mes.
Al final del proceso de instrucción y organización
había tres mil trescientos capataces de obras, o
maestros, treinta mil obreros especializados,
setenta mil cargadores y ochenta mil canteros en
las montañas. Todo un ejército organizado desde
los gremios y los oficios. El embrión de un nuevo
orden social y, todo ello, dirigido por un
arquitecto extranjero. Era evidente que esto
empezó a sentar un profundo malestar en la casta
levítica, hasta entonces la más privilegiada por
ser la depositaria de la ritualidad litúrgica y
tener con ello el práctico monopolio de la
escritura, la lectura y la administración del
reino. Estaba empezando a nacer una nueva y
distinta organización social fuera del ámbito
jurisdiccional levítico y ello con el apoyo del
rey Salomón, que con ello fortalecía su poder al
hacer más sabio y complejo a su pueblo, de una
parte, y de otra al contraponer un nuevo poder al
ya viejo -y único- de las castas sacerdotales.
Estando ya concluido el Templo, en cuyos trabajos
se emplearon siete años, se inició la construcción
del Palacio de Salomón, que también fueron
encargados al arquitecto Hiram-Habib. Este
simultaneó estos trabajos de cantería -la
formación de fábrica de obra civil del palacio-
con las tareas de decoración y remate del atrio
del Templo. A tal fin sale a relucir el oficio de
fundidor del arquitecto Hiram.
Y esto se presta a un juego de sutiles
interpretaciones y equívocos, según las fuentes
documentales que usemos, que en unos casos (los
más canónicos) atribuyen a Hiram de Tiro (el rey)
la autoría moral de los planos del Templo por vía
de instruir en Tiro a los treinta mil albañiles de
Israel dirigidos por Adonirán, y a Hiram-Habib (el
fundidor) la autoría, exclusivamente, de la
fundición de los objetos simbólicos y
ritualísticos de naturaleza metálica que adornaban
el atrio del Templo. Sin embargo los textos no
canónicos y las tradiciones simbólicas unen en una
sola persona, la de Hiram-Habib, el arquitecto y
fundidor, ambas tareas y competencias. Y esto no
es casual ni gratuito. En la descripción canónica
de las tareas de fundición de las columnas -las
piezas más importantes del aparato simbólico- que
enmarcaban la entrada al templo todo transcurre
Normalmente y no se relata incidencia alguna en
tan trabajosa tarea. Sin embargo en el relato,
según la tradición esotérica, de este episodio la
fundición de las columnas se convierte en un
estrepitoso fracaso. Veamos como pudieron suceder
estos hechos.
Al parecer, y en esto coinciden las descripciones
canónica y heterodoxa, la reina de Saba, Balkis,
que había establecido comercio con los israelitas
a través de los fenicios, decide viajar a Israel a
conocer a Salomón, joven monarca de creciente fama
en aquella siempre conflictiva y turbulenta área
geográfica. Por ello se desplaza a Israel con su
séquito cuando ya están concluidos los trabajos
civiles del Templo, se están iniciando los del
Palacio y se van a fundir las grandes columnas del
atrio y demás objetos de decoración y culto como
el Mar de Bronce, los candelabros o las basas de
bronce. Pero algo había cambiado ya en el corazón
de Salomón respecto a su confianza y cariño hacia
el arquitecto Hiram-Habib. Las murmuraciones de
los levitas, menoscabados -o así creían ellos- en
su poder por el creciente desarrollo e influencia
de los gremios de constructores instruidos y
dirigidos por el arquitecto Hiram, comenzaban a
afectar el juicio de Salomón predisponiéndole,
aunque fuera de manera incipiente, contra el
arquitecto al que atribuían una voluntad
conspiratoria contra Salomón. Y en esto llegó
Balkis, la reina, mujer al parecer de
extraordinaria belleza. Y como en toda buena
película francesa se debe proceder a chercher la
femme.
Al parecer Salomón quedo prendado de Balkis y, si
bien ésta pudiera, tal vez, haberle correspondido
en sus ardores, se impuso el buen criterio de la
reina, que con más juicio que Salomón comprendió
que, de fomentar las esperanzas del israelita,
éste pudiera acabar repudiando a su esposa
egipcia, la hija del emperador Siamón. La
importante condición de Balkis no permitía a
Salomón tomarla como concubina, como sucedía con
otras bellas extranjeras de menor condición, y de
prosperar en sus amores, la culminación formal de
los mismos -cosa inevitable- era un matrimonio
que, por el repudio que antes exigía, hubiera
ocasionado un fuerte incidente diplomático con los
poderosos vecinos egipcios, agraviados entonces
por la ofensa inferida a la dignidad de la esposa
repudiada. Tal supuesto acarrearía funestas
consecuencias para la estabilidad política y
militar de un área que ya desde entonces se
caracterizaba por todo menos por ser apacible. El
poderoso sentido común de la de Saba refrenó el
talante apasionado de Salomón, que si bien seguía
enamorado de ella no era correspondido. Por el
contrario Balkis quedo prendada del
arquitecto-fundidor y, con ello, se anudaron los
celos en el corazón del poderoso rey israelita.
Pero sigamos con los hechos y aparquemos, por un
momento, las pasiones y el erotismo meso-oriental. |
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Estaban así las cosas entre los protagonistas del
drama cuando Hiram debía comenzar la fundición de
las grandes columnas del Templo, la tarea más
complicada de las previstas. A tal fin se dispuso
un gran espectáculo en que Salomón y Balkis
adornarían con su presencia el acto festivo de la
difícil fundición -espectáculo de fuego y luz en
la noche- al que se había convocado, para su solaz
y admiración, al pueblo todo de Israel.
Benoni, el fiel ayudante fundidor del maestro
Hiram, había sorprendido al caer la noche los
trabajos de daño al molde del vaciado que habían
saboteado tres obreros, Fanor el sirio, albañil;
Anru el fenicio, carpintero; y Matusael el judío,
minero. Benoni avisó a Salomón de la sevicia
preparada y este calló y guardó para sí el aviso
que debió trasladar a Hiram, pues celoso de los
favores que presumía que Balkis concedía al
arquitecto deseaba para éste un fracaso en la
tarea cumbre de su oficio. Por la noche, ante la
expectación de todos, se pone en marcha el
artificio, éste fracasa clamorosamente y Benoni,
horrorizado por lo que ocurre, se arroja a la lava
ardiente y fallece para procurar la expiación de
su culpa por negligencia en el obligado aviso a su
maestro. Tras ello, abandonado por todos, Hiram se
duele ante su obra destruida. A partir de este
punto del relato se exponen las causas por las que
la literatura canónica omite el relato de estos
hechos. Veamos lo que sucede en adelante.
Cuando Hiram, abrumado, contempla los restos del
destrozo surge ante él una figura brumosa y
brillante que, engalanada en su cabeza con una
mitra de corladura y llevando en la mano un
martillo de herrero, le apela a que abandone la
pena y le acompañe en un viaje mistérico, que le
lleva a un remoto lugar de su espíritu - para
Hiram desconocido- donde esta figura se identifica
como el terrible Tubal-Caín. Allí le muestra ese
lugar desconocido, que la figura brumosa señala
como la casa de Enoc, al que los egipcios llaman
Hermes y los árabes Esdris. Tubal-Caín instruirá a
Hiram en lo esencial de las tradiciones de los
cainitas, los herreros, los dueños del fuego.
Luego le mostrará a Enoc, el que enseñó a los
hombres a hacer edificios, a Mavel que enseñó la
carpintería, a Jabel el que cosía pieles y las
curtía para construir tiendas, a Jubal el músico,
a Hirad el conductor de aguas y maestro de riegos,
y a los demás maestros primigenios y, por fin, al
maestro de maestros, el propio Tubal Caín. Este
último acababa de transmitirle a Hiram-Habib los
principios de la tradición luciferina. Tras esta
iniciación, el Arquitecto volvió al mundo superior
de las luces y del día y recomenzó sus trabajos
que, esta vez sí, culminaron en un gran éxito.
Toda esta historia, por evidente, proviene de los
herreros cainitas de las proximidades del Sinaí y,
por emplear una expresión del mundo tántrico, es
una historia de la mano izquierda, en la
terminología esotérica ordinaria divulgada por
Helena Petrovna Ba. Es lógico que la canónica
suprima esta parte del relato, que seguramente no
fue cierto, aunque sus orígenes se encuentren en
la visión talmúdica expuesta. Por ello, en la
Biblia el resultado de la fundición fue un éxito
desde el primer intento, evitando así la bajada a
los infiernos del arquitecto Hiram, al que la
Biblia sólo hace fundidor y no arquitecto. Se
evita con ello que la tradición luciferina vuelva
al mundo, y menos de la mano de los arquitectos.
En el relato bíblico, el oficio de construir no
está asociado con el de fundir, por ello Hiram
sólo es fundidor, pues es el que funde, el que
maneja el fuego, es de estirpe cainita y, por lo
tanto, de la estirpe de hombre. Es lógico que el
constructor que traza los planos de la casa de
Dios no venga de esa línea, de esa mano, y por
tanto los planos son trazados directamente por
Dios a través de las profecías de Natan y luego de
Ezequiel. La figura del arquitecto queda diluida
en el relato bíblico en una tarea colectiva y no
existe una especificidad competencial expresa
sobre la figura de Hiram en esta materia. Se
pretende evitar la idea de que el fundidor -el
cainita y extranjero venido de Egipto- sea también
el artífice del proyecto esencial del Templo. Esto
pondría en una posición incómoda a aquellos
descendientes de Abel que ven en el arquitecto
Hiram la legitimación posterior de los
descendientes de Caín, a los que JHWH permitiría
la realización de Su Primera Casa en la tierra. No
es casual, en esta línea, que la tradición no
canónica hable de un enfrentamiento desde el
principio de los trabajos de la construcción del
Templo entre los levitas y el arquitecto y sus
gremios. ¡Tampoco los arquitectos somos para
tanto! Al menos hoy día.
En esa crónica luciferina hay un ultimo dato que
Tubal-Caín revela a Hiram-Habib. Es el de decirle
que Balkis, la de Saba, es de la estirpe de Caín y
por lo tanto el destino la llevará hacia Hiram,
para ser su esposa. Al menos para que éste siembre
en ella la semilla de una futura descendencia
cainita. Pero, volvamos a los hechos que sucedían
en Jerusalén cuando nos fuimos a conocer estas
historias.
Tras la aventura de la fundición, en uno o en dos
intentos, es decir con un Hiram que, en el primer
caso, sólo es bueno y, en el segundo, también; y,
a la vez, es malo -aquí el principio de dualidad-,
los trabajos se terminan e Hiram va a cumplir el
final de su contrato.
Habíamos dejado la situación del relato en una
Balkis enamorada de Hiram, y embarazada de él, a
un Salomón celoso y prevenido contra Hiram; a unos
levitas intrigando contra el creciente poder de
los gremios constructores en menoscabo de su casta
sacerdotal y procurando la expulsión de Hiram del
reino de Israel. En ese escenario de presumible
tragedia tres albañiles a los que Hiram no ha
elevado a la categoría de capataces y que están
molestos por ello, ofrecen sus servicios homicidas
a los sacerdotes levitas que, sabiendo el
incipiente odio que en el corazón de Salomón anida
contra Hiram, les pagan el salario del crimen y
asesinan al arquitecto en una noche sin luna tras
una emboscada cobarde. Salomón no fue un asesino,
al menos en el estricto sentido, pero consintió
que sus ministros levitas lo fueran. Su mano no se
mancho con la sangre del arquitecto, pero no cortó
la mano de aquellos que pagaron a los sicarios y
su corazón se complació con ello. Estamos viendo,
ya desde entonces, conductas que aún hoy se
repiten. Los hombres no cambiamos... y ¡los
arquitectos tampoco! En esta historia se han visto
no pocos arquetipos y algún que otro arquitecto de
por medio.
En Jerusalén la pena y el dolor cunde entre los
gremios de constructores, la sublevación se
presiente. Salomón ha de aplicar toda su
sabiduría, que es
mucha, en acallar las voces que le imputan el
crimen, los levitas y los militares acallan la
disidencia y los gremios se disuelven. Antes de
ello, y tras el crimen, la reina de Saba
abandonará Jerusalén llevando en su vientre la
semilla de Hiram. Nacerá un niño. Este niño, su
hijo, y los hijos de su hijo y su siguiente
descendencia serán llamados, en adelante, los
"hijos de la viuda". Con esta apelación se conoce
en el mundo iniciático a los constructores, por
extensión se han autoproclamado de tal origen
todos aquellos que ven en la vía iniciática del
simbolismo occidental de origen judeo-cristiano un
camino de perfección individual.
Todo esto terminará con el enterramiento
clandestino de Hiram en un campo abandonado. Su
tumba quedará sin señal. Sobre ella, no obstante,
nacerá una acacia, que parece alimentarse de la
savia del maestro arquitecto. Por ello esa tumba
será descubierta, por lo singular de la existencia
de tan lozano árbol en aquel paraje desolado. En
adelante la acacia se denominará, en el mundo
esotérico, el árbol de la sabiduría y apelar a su
conocimiento será una manera de reconocerse entre
sí los maestros constructores.
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