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FULCANELLI |
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Uno puede pensar lo que quiera
cuando lee un libro. Pero, si hay una leyenda que
respalda dicha lectura, la cuestión puede volverse
más preocupante.
No son pocos los que en estos tiempos que vivimos
lanzan su mirada a la metafísica, esoterismo,
astrología y alquimia como modelos de respuestas
existenciales. Y, contrariamente a muchos
escépticos, pienso que aquellos modelos son
intentos valerosos del hombre por contestarse a
las grandes interrogantes. Aunque muchos son
equívocos del pensamiento, siempre hay lugar para
que sirvan de inspiración.
Por mi parte, durante muchos años he venido
estudiando –y lo sigo haciendo – la alquimia. Tras
refutar muchos temas esotéricos, místicos y
religiosos, aun la alquimia persevera en su
florido lenguaje anecdótico. Pero creo que habrá
tiempo para explayarme en esta "vieja ciencia",
madre -junto a la alquimia y la espagiria - de la
química moderna.
Y yo, como tantos otros, fui iniciado por un
anónimo personaje que responde al seudónimo de
Fulcanelli. Y, como otros muchos, creí ciegamente
en que allí, justo ahí, en sus libracos, habría de
encontrar alguna que otra respuesta potable.
¿Qué pensar, digo yo, cuando uno se da cuenta que
también aquí hay intereses creados y todo forma
parte de un tinglado más, de otro de los tantos a
que nos tienen acostumbrados los “ilusionistas” de
turno?
Para eso, veamos quien es verdaderamente
Fulcanelli. |
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COMIENZA
LA LEYENDA |
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Debo pensar que fue así. Y me
atrevo a escribirlo de este modo: el mito
Fulcanelli es una adaptación del personaje de
fábula de Bulwer Lytton , Zanoni, que,
haciéndoselo pasar como real , llega a nuestros
días con fuerza arrolladora.
¿Cómo? Me explico:
París a principios de siglo. Los años 20. Los
cafés de bulevar. Allí solían reunirse un grupo de
amantes del ocultismo para platicar sobre ciencias
secretas y alquímicas.
Y quizá del nutrido grupo había un personaje que
se destacaba con elocuencia: Jean-Julien
Champagne, un notable excéntrico artista de
carácter un tanto jactancioso.
Aquel hombre, que solía beber en cantidades
exorbitantes, empezó a inspirar la idea de un
adepto, de un misterioso y brillante hombre que
conocía en persona y que estaba al borde de
finalizar la llamada Gran Obra.
Sus cuarenta años, su personalidad extravagante y
anacrónica (solía vestir ropa anticuada y lucir
cabellos largos) sumado a sus reservas
enigmáticas, lo hacían un hombre cautivante. Más
aun: porque el grupo estaba integrado por jóvenes,
tal como Eugéne Canseliet, de poco más de 20 años.
Todo parece indicar –cuando leemos “Fulcanelli
Devoile” , de Geneviéve Dubois y “El Misterio
Fulcanelli” , del crédulo Kennet Rayner Johnson -
que fue precisamente en aquel grupito donde empezó
a gestarse la leyenda y las primeras referencias
veladas en torno al misterioso Fulcanelli.
Y todo hubiera quedado en una mera fábula, a lo
sumo una simple anécdota de café, de no haber sido
por los volúmenes de “Le Mystére des Cathédrales”
y “Les Demeures Philosophales” aparecidos en los
años siguientes.
Pero ¿Quien era Fulcanelli?
Como digo, todo indica que el inventor de
Fulcanelli fue el propio Jean Julien Champagne.
Como pintor mediocre y fervoroso de la alquimia,
estaba en contacto con grupos de estudios
esotéricos y con editores y libreros, tal como el
erudito Pierre Dujols que llevaba adelante “La
Librairie de Merveilleux”. |
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Como pintor mediocre y
fervoroso de la alquimia, estaba en
contacto con grupos de estudios esotéricos
y con editores y libreros, tal como el
erudito Pierre Dujols que llevaba adelante
“La Librairie de Merveilleux”.
Tras el estudio detenido de los libros de
Fulcanelli, tengo la terrible sospecha que
el trabajo de aquellos libros han sido
obra de dos hombres. Por un lado Pierre
Dujols; por otro Réne Schwaller de Lubicz.
Pero sobre todo, Dujols.
Champagne, al estar en el mundillo de la
alquimia, se conectó con ambos personajes
a los que –según leemos en el libro de
Geneviéve Dubois – les plagió, redecorando
ciertos conceptos y adecuándolos a una
sola pluma.
Basta leer el libro de Pierre Dujols,
“Hipotiposis”, para darnos cuenta del
enorme parecido de conceptos y teorías que
más tarde veríamos a punto en los libros
de Fulcanelli. En efecto, Pierre Dujols ya
hablaba del Kermes, el Nostoc, la
Agricultura Celeste, y sobre todo, su
concepto general sobre la alquimia era
notablemente parecido al de Fulcanelli. |
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Como erudito en literatura
griega, pensaba –a igual que Fulcanelli-
que el francés provenía de dicha lengua
helénica, gracias a lo cual, se podía
interpretar mejor los manuscritos
alquímicos en su lenguaje correcto.
Al parecer este hombre tenía un discípulo,
Faugeron, quien continuó sus penosos
trabajos de laboratorio hasta morir en la
miseria total, sin culminar la Gran Obra.
Pues bien. El otro personaje que entra en
escena para fecundar este mito fue René
Schwaller de Lubicz, un notable estudioso
que estaba profundamente interesado por la
constitución de la materia y el trabajo de
los átomos. Según pensaba, estas nuevas
teorías atómicas pondrían en considerable
peligro a la humanidad si no se hacía algo
al respecto. |
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Es muy probable que,
al estar al corriente sobre los trabajos con los
átomos, haya tomado la resolución de visitar a
físicos nucleares con el objetivo de disuadirlos
de seguir adelante con sus proyectos.
Esto que diré es una simple especulación mía, lo
reconozco. Pero es curioso que sea Jacques Bergier
quien no sólo da fama a Fulcanelli, sino que
insista haberse encontrado con él en el
laboratorio de la Sociedad del gas, de París,
donde le habría enseñado los peligros que encierra
la energía atómica. |
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LA
MUERTE IRREMEDIABLE |
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Champagne muere en 1932, sin lograr
ni reputación ni piedra (Lapis Philosophorum) que
pudiera salvarlo. Y sin embargo, era el gran amigo
de Fulcanelli, aquel que llevó su leyenda a los
olorosos cafés franceses. |
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Aun así, falleció de una
terrible gangrena. Y uno se pregunta, casi
sin quererlo ¿cómo puede ser que su amigo,
el famoso Fulcanelli, no le haya curado y
sí haya empleado su polvo de proyección
para una certera demostración de la
transmutación en oro tal como la que
presenció Canseliet?.
La respuesta es sencilla: no existía.
Pero vayamos a unos hechos más concretos.
Empecemos por Canseliet, su discípulo
amado. Como digo, Champagne entró en
contacto con Canseliet hasta tal punto que
en sus últimas horas fue el propio
discípulo quien estuvo pregonando por su
salud.
Y parece que lo amaba mucho en verdad. De
ello, podemos deducirlo por el cuadro que
confiesa Canseliet
que tiene en su casa; o por el que |
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reproduce en su “La Alquimia
explicada sobre sus textos clásicos”. Existen
referencias –que ya citaré- que mencionan que
Canseliet acostumbraba llamarlo “su” maestro, a
Champagne.
Lo interesante de Canseliet como alumno es que, a
pesar de laborar día tras día en su Gran obra,
jamás pudo concluirla. Y uno - es cierto -
sospecha. ¿Si era alumno de Fulcanelli, quien se
presume consumó la Gran Obra, cómo es posible que
no haya podido lograrla su discípulo?.
Más aun: luego de 50 años, llegó sólo al tercer
estadio de la llamada vía seca. Y no pudo avanzar.
Y pese a que – según dice el propio Canseliet – se
encontró con su maestro en fechas muy posteriores
a la muerte de Champagne - donde, incluso, lo pudo
contemplar mucho más joven y con rostro de mujer
(?) - no salió del atolladero de la Obra. |
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Creo, particularmente, que
Canseliet no logró la Obra por la sencilla
razón de que no tuvo tal maestro y, al
tener que recurrir al galimatías de otros
textos antiguos, se topó con la verdad: su
imposible desciframiento. Y confundió las
vías y los materiales (un dato que algún
alquimista experimentado que lea esto no
podrá negar es que a Canseliet le faltó la
clave del mercurio segundo, nacido de la
Virgen casta e inmaculada.)
Unos dirán que no pudo llegar a buen
término porque no poseía las capacidades
espirituales requeridas. Y yo digo, que
leí un poco -en realidad muchas veces - a
los alquimistas más populares, entre
ellos, Filaleteo, Limojon Saint Didier,
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Flamel, Basilio Valentin,
Cosmopolita, Cyliani, Artephius, Pontano,
Fulcanelli,
Roger
Bacon, John Dee, Ramon Lull, Arnaldo Vilanova,
etc., que tal preparación espiritual es una
falacia. Eso sí es una quimera.
Y podría ahora mismo explicarme, pero eso me haría
alejarme del propósito de estas líneas. Sólo puedo
decir algo. Por un momento –y sólo por un instante
– hagámonos a la idea de que la alquimia operativa
es un hecho aun no demostrado por la ciencia. ¿Qué
es lo que propugnan todos los “Filósofos del
Fuego”?.
Básicamente esto: que no debe explicarse
detalladamente su secreto porque eso pondría en
igual posición a sabios e ignorantes. Es decir,
que la “receta” está disponible para cualquiera.
Claro, cualquiera que resuelva los crípticos
tratados antiguos. Y hacerlo lo convierte a uno en
iniciado.
Entonces, si el vecino y yo podemos poner manos a
la Gran Obra
¿adonde queda aquello de la alta moral o el
elevado grado espiritual?.
Quizá en las transmutaciones que dicen que fueron
hechas en la historia. Como las del Cosmopolita.
Porque, una vez más, considerando como plausible
dichas transmutaciones, ¿no demuestran acaso un
elevado egocentrismo en los alquimistas, deseosos
de ganar buenos dividendos y llevar sus nombres a
los pueblos? ¿Por qué no emplearon con la misma
eficacia su “piedra” para curar a los dolientes y
afligidos?.
No puedo dejar de pensar en cabezas cortadas y en
agudas torturas con tal de robar su secreto: el
precio de la vanidad humana.
La misma que llevó a Champagne a “fabricar” a
Fulcanelli, seguramente estimulado por la moda
esotérica reinante y libros como los de Butwler
Lytton que cautivaban la imaginación (casualmente
en Zanoni vemos un retrato fiel de cómo es y debe
ser un alquimista, alejado de los dramas humanos,
con visiones superiores y con dones que lo hacían
inmortal, casi lo mismo que propugnaba Canseliet
en los prólogos a la obra Fulcanelli)
Como refiere Rubellus Petrinus, viejo alquimista
amigo y uno de los pocos que hablan abiertamente
de sus experiencias:
“Champagne dedicó años en construir la idea del
Adepto: él mismo la había creado y la idea fue
mantenida por todo el grupo que le rodeaba, y que
debía promover el mito: Gaston Sauvage, Les
Charconac, Pierre Dujols, Canseliet, Julles
Boucher. Ellos serán los miembros de la misteriosa
Fraternidad de Héliopolis (FHC).”
Pero sigamos con Canseliet.
Una de las mejores investigaciones en torno al
enigma de Fulcanelli fue la que llevó a cabo
Robert Ambelain. Aquel joven de 29 años se había
inspirado tanto en las lecturas de Fulcanelli que
decidió escribir un libro al respecto.
En su Dans L´Ombre des Cathédrales escribía:
“A la memoria de Fulcanelli, artesano de la gran
Obra y Filosofo del Fuego, dedicamos este
imperfecto y tosco ensayo de esoterismo hermético”
Huelga decirlo, lo admiraba. Y creía –como muchos-
que detrás del nombre se escondía un hombre sabio
y erudito, poseedor del Elixir o panacea
universal.
Ciertamente empezó a desencantarse tras el
encuentro con el primer editor de Fulcanelli, Jean
Schemit. Precisaba pedir permiso para reproducir
una ilustración y, como digo, no se le ocurrió
mejor idea que visitar al editor de la obra
fulcanelliana.
Y dice Ambelian: Schemit le confesó que en 1926
había recibido una extraña visita de un hombre
bajito, de bigote excéntrico que le habló sobre la
arquitectura y las claves ocultas que velaban las
catedrales. Habló del lenguaje de los iniciados y
todo un cúmulo de conocimientos que al parecer
sabía muy bien señalar en los monumentos.
A las semanas, el editor recibe la visita de
Canseliet, cargando su voluminoso manuscrito que
se transformaría en “Le Mystére des Cathédrales”.
De inmediato se dio cuenta que versaba de lo mismo
que le había referido su extraño visitante días
atrás.
Pero fue en el momento en que Canseliet llegó
junto a Champagne que el misterio se reveló. Se
trataba del mismo personaje enigmático que lo
había visitado.
Es más: Schemit, según Ambelain, notó de inmediato
el respeto casi venerable que le tenia Canseliet,
quien lo llamaba “maestro” en todo momento.
Y dijo:
“Nunca se habló de que Fulcanelli fuese una
persona real de este nombre o un misterioso
personaje oculto detrás de este nombre. Nadie
habló de ello, y era siempre Champagne quien
juzgaba, elegía y decidía. Por está razón estoy
convencido de que Champagne y Fulcanelli eran la
misma persona”
Y por si hubiera dudas:
La propia portera de la Rue de Rochechouart, donde
vivía Champagne y Canseliet (en habitaciones
contiguas), declaró haber oído a Canseliet que a
menudo le llamaba “maestro” y “mi maestro”.
¿Recuerdan la enigmática firma que pululó por todo
el orbe y que simplemente decía “AHS Fulcanelli”?
Pues fue dedicada de puño y letra por el
misterioso alquimista a Jules Boucher.
Y vaya cosa. Se descubrió, tras someterla a
análisis, que era la misma caligrafía de
Champagne. Y no sólo eso. Según demostró Ambelain,
en el cementerio de Arnouvilles-les-Gonesses
figuran las mismas iniciales.
AQUÍ DESCANSA JEAN JULIEN CHAMPAGNE
APOSTOLICUS HERMETICAE
SCIENTIAE
1877-1932
Es obvio que una personalidad tan vanidosa no
podía dejar de hacerlo. Y debía mostrar finalmente
su “hilo de Ariadna”.
Porque ¿saben qué significa FULCANELLI?
Es el anagrama de “L´Écu Final” (El escudo Final).
Y casualmente en la primera edición de “Le Mystére
des Cathédrales”, en la última página aparece un
escudo o emblema con una leyenda que dice:
UBER CAMPA AGNA
Y Champagne se llamaba Jean Julian Hubert
Champagne, tomando el segundo nombre de su padre.
Y dando por supuesto que quien leyera Fulcanelli
se familiarizaría con el lenguaje fonético, según
la tradición cabalística, aquellas palabras tiene
el mismo sonido, y una es indicativa de la otra.
HUBER CHAMPAGNE
Fin del Misterio.
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CONCLUSIÓN |
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No me queda dudas de quién fue
Fulcanelli. Sí, el mismo que veis en esta
reproducción pintada por su amado discípulo,
Canseliet. |
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Y aunque fue un precoz
apasionado por la alquimia desde joven, no
estaba a la altura de los libros por los
que cobraría popularidad el alquimista.
Libros que –luego de leer y releer al
respecto – son de autoría de Pierre Dujols
y de René de Lubicz, pulidos por la mano
de Champagne.
Y, creo yo, todos formaron parte de un
inmenso tinglado que predispuso a aquella
época – y ahora en estos días - hacia lo
arcano y milagroso. Dos hombres lo
escribieron. Otro dos propugnaron la
leyenda. O deberíamos decir tres: Jacques
Bergier, Canseliet, y Champagne.
Qué injusto, verdad. Tanto hablaron, tanto
trabajaron, pero ninguno logró consumar
aquello que tantas hojas y hojas demandó.
Uno puede estar toda una vida persiguiendo
una Ilusión y al final darse cuenta que
era eso: una ilusión. Lo lamentable es que
muchos finalizan sus vidas sin darse
cuenta.
Champagne fue un hombre que
durante toda su vida buscó la famosa
Panacea universal,pero, al percibir su
inminente fin –y viendo que no llegaba a
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nada
concreto- decidió, cuando menos,
perpetuar un misterio que no existe. De paso, sus
mediocres dibujos pasaron a ser populares y valió
de algo tanto empeño que puso en la pintura.
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Este es el retrato de un hombre
fracasado, dolido, y que terminó tullido en su
cama mientras la muerte lo devoraba minuto a
minuto.
El problema surge cuando ahora creemos que
aquellos libros eruditos pueden llevarnos a la
verdad a través de la experiencia.
Y no dudo que contengan grandes verdades. Pero
seguramente aquella que buscamos está en otro
lado, en otro ámbito: en el trabajo perseverante
bajo el fuego del horno.
Después de repasar esta historia cómo fue en
realidad, ¿qué podemos pensar sobre otros
alquimistas que existieron en la historia y cuyos
tratados antiguos hoy leemos?
Seguramente dos cosas:
Que el hombre siempre tuvo fantasías espirituales.
Y que, cueste lo que cueste, quiere trascender
esta vida, y vivir ilimitadamente. Si es verdad o
no que lo consiguió en un pasado eso ya lo
analizaremos próximamente
Fulcanelli, la formación de un mito; una leyenda
que hoy , al menos para mi, termina por fin
olvidada en el cajón. |
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| Artículo de
Sebastián Jarré |
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